24 Xullo 2008
Barrios residenciales
No hace mucho tiempo, concretamente hace un mes, dedicamos una sesión de exploración de la Biblioteca de WFF a la figura de una escritora sumamente interesante y desconocida en la actualidad. Se trata de Mercedes Ballesteros, conocida también por su apodo de Baronesa Alberta.
Decíamos en aquella ocasión que la Baronesa Alberta también había colaborado con la revista de humor “La Codorniz”. Hoy queremos reproducir aquí, precisamente, un artículo suyo titulado “Barrios residenciales”, aparecido en el número 533 del 27 de enero de 1952, donde habla de las colonias, de las urbanizaciones, de esos barrios alejados de las ciudades donde se supone que se “vive mejor”, que “hay más calidad de vida”, que se “disfruta de mayor bienestar”, donde se está a caballo entre el campo y la ciudad, pero sin poder disfrutar de las ventajas del uno y ni de la otra.
Sobre las ”colonias”, nombre con el que antes se conocía a los ”barrios residenciales”, ya había escrito Fernández Flórez en su novela El hombre que compró un automóvil, donde quedaba claro que, de no tener coche, era imposible vivir en un lugar tan apartado de la urbe. Hoy en día las cosas han cambiado mucho y el tiempo y el espacio han perdido su valor.
Pero mañana dedicaremos este apartado a tal cuestión. Ahora lean con atención, reflexionen y disfruten con la comparación y coméntenlo con sus amigos, con sus vecinos, con sus familiares… En definitiva, conversen, tertulien, compartan.
Ah… y no se vayan de vacaciones, por favor: practiquen el veraneo, que es más interesante.
BARRIOS RESIDENCIALES
“Eso de “barrio residencial” parece un alocución venida de Guatemala. No sé si tendrá raíces profundamente hispánicas, pero nos suena un poco a aguacate. Cuando Madrid era pequeño, a las barriadas extremas, pobladas de hotelitos más o menos vascos o más o menos andaluces, según las oscilaciones del mal gusto de los contratistas, se les llamaba colonias. Tampoco comprendo el motivo de esta denominación, y, no sé por qué, vuelva a sonarme a transmarino. Pero se ha dejado de decir “colonias”, que sonaba un poco a medio pelo, y se ha empezado a designar a las urbanizaciones de casas propias, garaje, piscina, toldo color naranja y perro dogo, con el bonito nombre de “barrio residencial”.
En el antiguo sistema cabía el hecho de que se mezclase la propiedad privada con el comercio privado. Acompañaba al hotelito de deleznable mampostería barata, el carro del buhonero, bien surtido de hojas de afeitar, cepillos y tarjetas postales para el novio de la criada. Iban allí, a esos confines a donde no alcanzaba el metro, ciertos mercaderes trashumantes, con su cargamento de quincalla útil. Eran como esos viajantes sirios o sefarditas, que arriban de vez en cuando a las prisiones de las Guayanas para surtir a los presos de lo que su aislamiento les tiene privados. Y en las “Colonias”, donde todavía las casas tenían nombre de hijas de familia, “Pepita”, “María Asunción” o “Lolita”, la llegada del mercader, con su aire de haber atravesado el desierto a lomos de dromedario, se reciben con alborozo: “¿Trae usted betún para el calzado?”, “La semana que viene necesito dos botes de sidol, un plumier y una esponja”, “¿Me ha traído usted el rollo para la máquina de retratar?…”
Hoy ha desaparecido ese pequeño comercio que traía siempre una mercancía un poco estropeada, y oliendo a moho, como salvada de un naufragio. Y a la par que el comercio, también se ha esfumado la industria. Se han extinguido los pequeños talleres. ya no se oye el serrucho del carpintero, ni el soplete del fontanero, ni el taco redondo del zapatero remendón.
Y es sólo por eso. Porque ahora a las colonias de hoteles propios se les llama “barrios residenciales”. Y lo primero que proscribe la distinguida ley de estos sitios es la presencia de faena. Ver trabajar es una de las cosas que más irritan al ocioso.
Por eso, si uno llega a sufrir un percance en un sitio tan “chic” se tiene que reventar. SE se le avería la bicicleta, ¿dónde hay un taller? En ninguna parte. Un taller es feo, es antiestético, anti “residencial”. Bicicleta a cuestas hay que ir de puerta en puerta, de verja en verja, y habérselas con cada perro como un caballo, preguntando: ¿Dónde me podrían arreglar esto? Y señala uno con vergüenza su bicicleta manca, como un pobre mutilado napolitano ante los turistas -mitad avergonzado, mitad esperanzado- su pierna rota. Pero no hay parches. Hay bouganvilias, hay rosales, piscinas, cenadores y whisky, pero no hay recauchutado.
Cuando después se llega al extremo de no esperar ya nada de la vida sinó una gaseosa, tampoco se encuentra la gaseosa. Todos reciben allí sus bebidas por valijas y las guardan en sus frigidaires. ¿Para qué instalar un vulgar aguaducho que, además, estropearía el conjunto? Ni parche, ni gaseosa, ni carpintero compasivo para darnos un martillazo a tiempo en la rueda estropeada.
Y nos vamos hacia el corazón de la ciudad, hacia esas calles feas y sucias donde no hay perros pasados por el “clearing”, ni enredaderas de madreselvas, pero donde aparece en una esquina el primer hombre vestido con un mono azul. Es un hombre desgreñado y hábil, que nos soluciona el problema. Y pensamos que en ese punto de la ciudad, donde toda belleza se ha perdido, acaba la civilización y empieza la cultura. O, dicho de otro modo, acaba la bouganvilia y empieza el parche.”
BARONESA ALBERTA











![PICT0151[1]b.jpg](http://www.wenceslaofernandezflorez.org/blog/wp-content/uploads/2008/07/PICT0151[1]b.miniatura.jpg)
![PICT0132[1]b.jpg](http://www.wenceslaofernandezflorez.org/blog/wp-content/uploads/2008/07/PICT0132[1]b.miniatura.jpg)








