2 Xullo 2009
Vino Rojo (II)
“El vino rojo ardía en mi sangre como sangre nueva. Sobre el cuerpo voluptuoso, sobre mi cráneo envuelto en una atmósfera de deseo tranquilo, pero intenso, flotaba un ambiente extraño, pesado, dulce, que incitaba a pecar. Los crímenes salvajes del amor deben de haberse cometido así: bajo la acción del vino, en una estancia entenebrecida, con un velón oscilante, cuando fuera se acumula la nieve sobre la nieve y dentro arde una hoguera bien nutrida y cuidada.
Eva dejó que mi brazo rodease bajo su bata su cintura apretada y estrecha. Otras veces, ante su padre, ponía una muralla de hielo a mis atrevimientos de amante; aquella noche ni aún marcó un gesto de protesta. Sus manos pálidas y delgadas, aquellas manos que tanto gustaba yo besar, continuaron jugando distraídas con las migajas sobre mi hombro. La ola negra de sus cabellos olorosos rozó mi rostro estremecido y secó mis labios en los que temblaba un beso tibio y piadoso, con la piedad de la pasión, que también es santa.
El anciano seguía:
- Está abajo, en la cueva, enterrado… No le llega la nieve… Todos los años bajo por Nochebuena a derramar un azumbre e la tierra, sobre su cuerpo… ¡Que beba, voto va!… Hoy bajaré también… Eva, dame ese velón… ¡Je, je! voy a ver a nuestro huésped…
Hizo un esfuerzo y su cuerpo, separado del sillón, rodó como una masa pesada bajo la mesa. De la copa cayó el rojo líquido, dejando en el mantel una extensa mancha sangrienta, y el cristal partiose en el suelo en cien pedazos que tintinearon un momento. Su sonido metálico, agudo, hizo correr un escalofrío de sobresalto por mis nervios. Aún se oyó un segundo el cuerpo del tabernero revolcarse en el suelo. Después calló todo.
Soy anciano ya, y para ese bagaje inútil de la vejez, que se llama recuerdos, he ido abriendo fosas en mi alma; pero la memoria de aquella noche extraña perdurará en mí hasta que la muerte me haga partícipe de su secreto temible y atrayente como un abismo.
Sé que al rodar el anciano, mis manos torpes desprendieron la cinta azul que abrazaba el pescuezo blanquísimo de Eva. Me acuerdo del mirar de sus ojos, brillante y lascivo, de la sonrisa levísima de sus labios tembladores y húmedos…
Fué un poder de sugestióni honda la que me hizo alzar la mirada. Yo creo en esas coacciones mudas que un espíritu ejerce en otro espíritu… En la puerta de la alcoba, destacándose sobre los oscuros cortinones, el moribundo esposo estaba, erguido, pálido, envuelto en sus blancas ropas, estertorando angustiado, pegados al rostro sus cabellos lacios, agarradas sus manos al amplio cortinaje.
……………………………
Fue el vino rojo; no fui yo.
Aun me parece estar viendo como corría sobre sus blancas ropas, sobre su cuerpo esquelético, el chorrito de sangre que salió de su herida.
Yo llevo otra incurable en esa vieja, descontenta y gritadora que llaman conciencia.”









































