Estimados lectores y consumidores de nuestros pequeños comentarios sobre la obra de Wenceslao: como bien saben, desde esta página solamente pretendemos poner en valor algunos de sus trabajos más desconocidos. Así, con cierta frecuencia, ante el devenir de la vida diaria, del comercio globalizado, del encarecimiento de la vida doméstica, de la imposibilidad de acceder a la vivienda, de la imposibilidad de que los jóvenes abandonen la casa de sus padres, y, en fin, ante un largo rosario de medidas tomadas para evitar la descompensación de los ingresos familiares, me pregunto: ¿Cuándo llegará el impuesto de la soltería? Y voy a ver que escribió Wenceslao sobre este tema y me encuentro con un valioso texto desconocido y publicado el 31de Marzo de 1925. El impuesto actualmente existe y penaliza a los solteros con una mayor cotización a Hacienda, lo que precisamente entrará en el debate político de la campaña electoral. Pero veamos como estaban las cosas en ese año 25.
He aquí un texto original e ingenioso, como toda su obra, que ni el paso del tiempo ha podido quemar. Para eso quedamos los amigos lectores, para desempolvarlo y airearlo, y les prometo que se van a divertir. Creo que incluso el amigo Suso de Toro quedaría sorprendido si lo leyese y no contaría tantas tonterías ya históricas, como eso de que en España todo va bien y que todo es guay.
Pasemos al texto:
“Fulano tiene treinta años. Es oficial segundo en cualquier Ministerio. O empleado en una empresa particular. Éste no es un dato importante. Lo importante es que fulano gana unos sesenta duros mensuales; acaso setenta, pero no más. Fulano vive solo y vive mal; paga seis pesetas diarias en una casa de huéspedes donde no le alimentan; aparte, satisface los gastos de lavado, planchado y vino; tiene, por contera, el tácito compromiso de nutrir, a costa de su sangre, desde mayo hasta noviembre, una legión de chinches. Fulano se hace un traje cada año y un gabán cada lustro. Fulano se permite como única distración ir al café, y los sábados a un cine. Cuando llegan los últimos días del mes, fulano dispone de tan poco dinero, que se ve forzado a prescindir de su tertulia de café. Entoncés él y otros dos huéspedes pagan a escote un vaso de la cocción estimulante, que se hace servir de cualquier tupi. Fulano se casaría de buena gana, pero sabe que su matrimonio sería condenarse y condenar a su mujer a una atroz vida de miseria.
Fulano continúa soltero. ¿Tiene que pagar, por serlo, cédula personal con recargo?
Mengano es médico, o abogado, o contador. Gana mucho más dinero que fulano. Trabaja incesantemente y con cierta fortuna. Vive en un piso decoroso. Tiene madre y tres hemanos. La muerte prematura del padre le ha erigido en jefe de familia, y ha logrado sostenerla, no tan bien como antes de la orfandad, pero sin grandes privaciones. La hermana viste dignamente, los hermanos siguen su carrera, la madre es todo lo feliz que puede ser después del derrumbamiento de la casa. Mengano trabaja y trabaja y se siente más dichoso que ninguno. Muchas veces, sin embargo, le asaltan preocupaciones. Es preciso comprar esto o aquello…., es preciso pagar tal o cual cosa indispensable… Han elevado el alquiler, la vida es más cara, la matrícula de Juanito, el veraneo de la familia… Sí, mengano pasa serios apuros. Se calla para no turbar la tranquilidad de su gente, que confía con dulce cariño en él, y resuelve las situaciones difíciles con el auxilio de la providencia.
Ciertamente, mengano no ha pensado en casarse, porque tiene ya un hogar. Si se casase, se acabarían la comodidad de la madre, la carrera de los hermanos, los trapitos de la hermana…
Mengano contínúa soltero. ¿Tiene que pagar, por serlo, cédula personal con recargo?
¿Sí? Pues yo quiero decir que no entiendo muy bien estas leyes. Los impuestos sobre la solteria ofrecen, en todo instante, el carácter de una medida de relumbrón, y habría que discutir el derecho que un Estado puede tener para legislar sobre tan delicada materia. Por lo pronto antes de llegar a eso, un Estado que se decide a otorgar al matrimonio una fomentadora protección, debe de cuidar de adoptar medidas eugénicas. Que un soltero pague, como tal, un tributo, acaso sea tolerable en un país donde se haya determinado con anterioridad - atendiendo a la salud de la raza- cuáles son los que pueden casarse y cuáles los que, por sus condiciones somáticas, cometen un crimen al hacerlo.
Esto en cualquier tiempo y ocasión. Pero en las circunstancias presentes, gravar la soltería es un sarcasmo. “¡Cásate!”, se ordena; pero nadie resuelve la crisis de la vivienda; pero nadie consigue que las subsistencias se abaraten o, siquiera, que conserven fijos sus precios, y la luz es cada vez más cara, y las telas, y los muebles, y… todo, en fin, lo que es más o menos preciso para la vida.
“¡Cásate!”, es decir (porque tal es realmente el interés del Estado), “¡ten hijos!” “¿Y después?, - se pregunta el ciudadano- ¿Como los alimento? ¿Por qué se me quiere condenar a la visión lamentable de unos hijos depauperados, cuya debilidad pesará sobre mi corazón como el más cruel de los suplicios?” Y es precisamente en estos tiempos, después de la monstruosa, de la exacrable y maldita e inútil hecatombe de la guerra europea, cuando un hombre tendrá irrebatible sensatez si añade a aquellas consternadas preguntas esta otra, más importante aún. “¿Hijos? ¿ Para que un huracán de metralla se los lleve o los convierta en una llaga supurante un gas de cloro?”
¡Impuestos sobre la soltería! Pero… ¿lo han pensado ustedes bien? ¿Cómo no comprenden que lo único lógico sería que una manifestación de solteros fuese a clamar ante los poderes públicos: “Queremos sasarnos y no podemos, porque vivir cuesta demasiado. DENNOS DINERO PARA QUE PODAMOS COMPRAR NUESTRA VENTURA.”
¿No lo piden? Pues ya es mucho. No premien ustedes tanta paciencia con la socaliña de las cédulas…”
Estimado lector, me encantaría recibir tus comentarios sobre texto, aunque simplemente sean tres palabras: “No me gusta.”
Pretendo ir abriendo una línea de comentarios para saber si estoy en lo cierto con la recuperación de estos textos. Mi agradecimiento y el de la Fundación lo tienes ganado por participar.
Antonio Montero
Director de la FWFF