“El ex ministro conservador Francisco Bergamín ha publicado en El Imparcial un artículo muy razonable acerca de las responsabilidades administrativas que intenta deducir este Gobierno con limitaciones absurdas y con una evidente parcialidad.
El señor Bergamín refiere el caso de haberse acumulado en las Cámaras catorce memorias del Tribunal de Cuentas, correspondientes a otros tantos años económicos, que no fueron examinadas y aprobadas hasta hace poco tiempo. Advierte así mismo, que, en el momento oportuno, nadie produjo reclamaciones en el Congreso o en el Senado a propósito de la compra y venta de trigos por el Estado, y nadie intentó llevar a la barra a los ministros que prestaron el aval del Gobierno a las operaciones bancarias de Barcelona. Puede añadirse a esto que es extraño que se cicunscriban esas exigencias de responsabilidad a los hombres que gobernaron durante un período que se fija caprichosamente, sin justificar con claridad por qué ha de ser de cuatro años a esta parte y no de seis, o de ocho, o de diez…
El señor Bergamín tiene razón; pero… el país no puede suscribir sus palabras.
El país se encuentra mal administrado, los millones que paga no le producen ningún bien, crecen pavorosamente los gastos sin utilidad notoria; no hay nada que esté en relación con lo que cuesta: ni Ejército, ni universidades, ni comunicaciones, ni Marina… No hay más que empleados, millares de empleados, muchedumbres de empleados. Después, nada. Y más allá de la nada, el contribuyente.
El contribuyente se da cuenta exacta de que le administran mal, y hace votos diarios porque se lleve la trampa de una vez a todos los políticos que en la actualidad colaboran en el desbarajuste. Pero el contribuyente no se decide a proceder contra ellos; en primer lugar, porque esto significaría lanzarse a una revolución, y en segundo lugar, porque abriga el fundadísimo temor de que si la revolución estallase, estos mismos políticos correrían a aprovecharse de ella para perseverar en sus puestos con la chaqueta del revés, pero con las mismas conciencias que ahora les guían.
En esta situación, al pueblo no le queda más que un recurso: esperar que los políticos se devoren los unos a los otros. Por muy injusta que sea la decisión de este Gobierno, si con ella descalabra a los miembros de otro Gabinete anterior, será bien recibida. Y quedaremos relamiéndonos con la esperanza de que gracias a una no interrumpida y recíproca serie de injusticias, llegue a hacerse una justicia total.
Esta es, cínicamente expuesta, la verdad de los sentimientos populares, señor Bergamín. Cuando se intentó dilucidar lo del Annual, también se habló de injusticias, y se le quiso hacer ver al pueblo que había otros ministros más culpables que los que ocupaban el Poder en julio del 21. Pero el país comprendió que si aceptaba distingos y sutilezas, todos, los más y los menos responsables, se le escaparían entre los dedos. Y opinó: “Por lo pronto, vamos a arreglar cuentas con estos, que parecen las más seguros.”
¿Con qué derecho piden justicia aquellos que la atropellan a toda hora, los que no aitenden más que a la conveniencia o al influjo, los que llegan hasta ahcer sentir su coacción a la misma magistratura para ganar sus elecciones… o un pleito? Los políticos españoles no pueden reclamar apoyo de la opinión, tantas veces engañada y escarnecida. El señor Bergamín apela en su artículo al ejemplar caso evangélico de la mujer adúltera. Esto es, el señor Bergamín pregunta implícitamente a los políticos: “¿Quién está libre de culpa para atreverse a arrojar la primera piedra?” El pueblo piensa, como el señor Bergamín, que, en efecto, todos los políticos son culpables. Por eso mismo entenderá que la pedrada que cualquiera de ellos reciba es providencial y merecida con creces.
Si el pueblo hiciese otra cosa tendría bien ganado que se riesen de él, como se rieron de aquel hidalgo en cuya casa entraron los ladrones.
Entraron los ladrones, le ataron a un butacón y se dieron a registrar los muebles hasta que encontraron tres mil pesetas, que eran toda su fortuna. Los malhechores eran dos: uno alto y fuerte y otro menudo y tísico. Delante del hidalgo procedieron a repartirse el botín. El ladrón fuerte ofreció a su compañero un billete de mil pesetas.
- ¿Por qué mil pesetas? -preguntó el débil, disgustado por aquella falta de formalidad.
- ¿Por qué? -respondió el otro rascándose la cabeza-. Hombre, porque es lógico. Yo he sido quuien echó la puerta abajo y quien ató al señor.
- Pero yo ideé todo e plan, y fui a avisarte y estuve esperando el día en que el señor cobrase las tres mil pesetas.
- Pues no te doy un céntimo más -afirmó el fuerte.
El tísico se entregó a la gimnasia de la desesperación, mesándose el cabello, mordiéndose los puños y pateando con violencia.
- ¡Maldita sea…! -sollozaba-. ¡No puede uno fiarse de nadie! ¡Se acabó la decencia en este mundo! ¡Esto que haces conmigo es un robo, un cochino robo! ¡Ladrón, ladronazo!
- No ofendas, Teles -gruñó el otro, guardando sus billetes.
El llamado Teles cruzó sus manos sobre el pecho y se encaró con el hidalgo.
- Pero, ¿ha visto usted? -le dijo-. ¿Ha visto qué atropello? ¿Cree usted que es justo lo que está haciendo este hombre?
El hidalgo opinó dignamente:
- No, no es justo. Usted tiene derecho a mil quinientas pesetas.
El ladrón fuerte le hizo un ademán irrespetuoso.
- Ya que usted es, por lo que veo, un mal educado -rugió el caballero-, le diré más, le diré con franqueza que a este corresponden las dos mil pesetas, porque fue quien concibió y estudió el robo, mientras que usted solo actuó de auxiliar.
- ¡Naturalmente! -exclamó el tísico.
- Apúntese usted quince -recomendó con una calma insultante el hombrachón-. Yo no suelto ni una peseta.
- Pues un abuso. ¡Ya me lo iba usted a hacer a mí! -barbotó, noblemente indignado, el caballero.
Entonces el ladrón débil cortó con su navaja las ligaduras que retenían al robado.
- ¡Vamos con él, don Manolo, que somos dos!
Y entre los dos le tundieron. En verdad, fue el hidalgo solo; le pegó con una silla en la cabeza y el mocetón, que había cogido un cuchillo de plata para defenderse, puso los ojos en blanco, se tambaleó, guardó el cuchillo y se desplomó sin alientos.
- Es un canalla -comentó el llamado Teles-. Muchas gracias, don Manolo; no sabe ustedc lo obligado que le quedo.
- No hay de qué. Es que no puedo presenciar una injusticia.
- Sí, señor, sí -alabó el hombrecillo, quitándole los billetes a su colega-. En eso se conoce que es usted un verdadero hidalgo. Dios se lo pague. bueno, ¿y no se dejará atar otra vez ahora que hemos fallado el pleito?
- Ate usted -concedió el caballero.
- Pues… con permiso. ¡Caramba! No me había fijado en el alfiler de su corbata. Me lo voy a llevar como recuerdo de su acción generosa. No todos los días encuentra uno personas tan decentes. ¡Vaya, hasta otra vez, don Manolo!
- Hasta otra vez. ¡Oiga!
El ladrón se detuvo junto a la puerta.
- ¿Qué?
- Cuide esa tos. No me gusta nada.
- Ni a mí tampoco, se lo aseguro. Me tiene muy preocupado. ¡Con Dios, don Manuel! ¡Qué hombre más justo!
Se enjugó una lágrima y se fue.
Nadie alabó la hermosa conducta del hidalgo; lejos de esto se rieron de él y le reprocharon no haber aprovechado la ocasión de desembarazarse del débil después de haber inutilizado al fuerte.
No presntamos este caso como una comparación exacta, porque en el pleito político no se trata de robos, sino de negligencias y de complacencias; de mala administración, en fin. Pero sirve para aclarar la filosofía del pueblo. Si el partido conservador y el liberal andan a la greña y nosotros, en vez de dejar que se castiguen, atendemos sus alegatos de razón egoísta, terminaremos por quedar en una situación parecida a la del hidalgo de nuestra historia.
Así, aun reconociendo que el artículo del señor Bergamín contiene muchas verdades, nos decidimos a azuzar a los de la acera de enfrente:
- ¡Ánimo, señores! ¡Duro con ellos!
Cuando los conservadores ejerzan represalias, prometemos animarles lo mismo.”
18 de marzo de 1923