Erre que erre…
Fue nuestro propósito en la crónica del jueves no quedarnos en donde quedamos y continuar con el comentario de la novela política Los trabajos del detective Ring. Y en eso estamos. Pero antes de entrar en materia es preciso hacer unha breve introducción al tema.
La Historia se repite, invariablemente, y cuando, orgullosos, creemos haber dado con una solución definitiva para un problema, un buen día, de repente, nos damos cuenta de ya alguien la había propuesto antes. Pasa el tiempo, volvemos a dar con otra solución novedosa para un nuevo problema, nos envanecemos y ¡tate!, resulta que ya alguien la había pensado antes… Y nos quedamos chascados, con un palmo de narices… Pero no es que un individuo en sí mismo tropiece dos veces en la misma piedra. La cosa va más allá: es la propia Humanidad entera, colectivamente, la que va dando tumbos de roca en roca como una cabra loca… Con todo eso, la Tierra sigue girando de modo estable, por lo visto, y no parece que desde fuera se perciban mucho los golpes que vamos dando aquí encima, sobre el manto terrestre, contra las piedras. Sin embargo, si desde una posición intergaláctica fuésemos acercándonos lentamente hacia nuestro querido planeta y, más puntualmente -pero al azar, eh!- fuésemos estrechando el círculo de nuestro interés llegando a centrarnos en una porción de tierra bautizada con el sacrosanto nombre de España, daríamos de bruces con un claro ejemplo de lo que es no aprender del pasado, de non querer ver más allá de lo que es mester para determinados intereses particulares, que esos particulares pretenden convertir en un “asunto de estado” y, en definitiva, de como ir dando golpes de cabeza, una y otra vez, contra el mismo pedrusco que, por alguna extraña razón, se empeña en no moverse del sitio… Una de esas cosiñas es la llamada “memoria histórica”. ¡Mal nombre! Si, señor, mal nombre. Porque tal y como se están pretendiendo recuperar las lembranzas del pasado deberíamos hablar más bien de “memoria histórica de la inquina”… Lo que queremos decir con esto es que, lejos de intentar corregir los posibles errores con los que vamos recosiendo el devenir de la Historia desde el momento presente, mirando atrás, lo que se está consiguiendo es despertar nuevamente las rivalidades del pasado, rivalidades que se vienen a sumar a las rivalidades de reciente creación.
Por ejemplo, y aquí es a donde queríamos llegar, una cuestión que está muy de moda en la actualidad es la que podríamos denominar “la tendencia separatista pseudonacionalista” de alguno de los pitorros de ese botijo gigante que, en palabras de Esmeralda Clamores, es España. Así, lo que queda patente es que en esta tan cantada España nuestra hai (perdón, hay -que se nos coló un nacionalismo-) un claro problema de tuzarismo, una insistencia recalcitrante por no dar el brazo a torcer. ¿Es por honor? ¿Es por dinero? Ah! Túzaro -lo hemos comprobado- no aparece en el diccionario de la RAE, pero es vocablo muy gallego que viene a definir a aquella persona a la que es imposible apear de la burra. Habrá que proponer la incorporación de esta sonora palabra en el mentado dicicionario para enriquecimiento del español.
El caso es que leyendo Los trabajos del detective Ring comprobamos, en el episodio final, como aparece descrito el caso de la curiosa relación entre Cataluña y España (del gallego también hemos hablado aquí en anteriores comentarios: recuerden “La teoría del gallego”).
Y, nada chico, cada uno a lo suyo: ¡y erre que erre!





















