Seguimos á conquista do horizonte…
Dado que estamos a punto de rematar o mes de xullo para recibir cos brazos abertos o mes de agosto, axeitado como poucos para disfrutar do tempo de lecer, queremos ofrecer hoxe unha nova suxerencia para o seu veraneo através do seguinte artigo de Wenceslao Fernández Flórez, publicado no tomo I de La Conquista del Horizonte pola editorial Pueyo en 1932.
Nesta ocasión, o lugar elexido é Sintra, en Portugal. Velaquí o fermoso artigo elexido:
CINTRA
“El viajero que llegue a Cintra atraído por la fustificada fama de su belleza, y espere encontrar los inmutables y fáciles encantos de una vulgar ciudad veraniega, sufrirá un yerro. Cintra no tiene un gran Casino, ni hoteles fastuosos, ni teatros, ni hay en ella lugares ni pretextos para esa convivencia y esas relaciones fáciles de los halls donde se toma el té, o los salones que el jazz-band llena de estrépito. Cintra es recogida y silenciosa, orgullosamente señorial. Ha dejado agruparse en la parte baja de sus laderas las casitas humildes, donde trafican gentes humildes también, donde el empleado vegeta o donde el hostelero encasilla a sus huéspedes. Montaña arriba se alzan los chalets lujosos, los pazos solemnes, alguna mansión presuntuosa donde el abominable cemento reclama las miradas, con su gritadora nitidez de advenedizo; y, en dos cumbres, dos vestigios romáticos: el castillo del Moro, deshecho en sugerentes ruinas, y el palacio da Pena, residencia de Reyes, de donde la revolución ahuyentó hace apenas unos años a doña Amelia y a don Manuel.
La abundante fronda del monte está como presa en cinturones de tapias; encallejonadas entre ellas, las empinadas carreteras trazan sus breves curvas, todas llenas de misterio, asombradas y enverdecidas por el follaje de los bosques añosos. Al través de una verja se vislumbra aquí y allá algún caserón silencioso. Un surtidor eleva el blanco índice imperativo ante la terraza. Un perro malhumorado ladra, in dejarse ver, y se oye entrechocar sus cadenas.
En algún instante, el viajero solitario se detiene en la carretera cercada y sinuosa, sobrecogido por la soledad y la quietud, como en espera de que por alguno de los próximos recodos, surja una aparición maravillosa… Los viejos árboles dejan caer sus viejas hojas; entre la yedra de un muro huye un animalito cualquiera; hay un ontón de ingentes peñascos a la orilla del camino, y el más alto parece que va a desprenderse y caer. En el mismo monte, verticalmente cortado, se incrusta -al ras del sendero- una puertecita pintada de rojo; y es la puertecilla de un castillo de novela, o la entrada a nos se sabe qué mundo monstruoso y negro.
Cintra deja tan sólo la carretera para el visitante. Cintra tiene un aristocrático desdén para el tipo del hombre en vacaciones, alborotador e inquieto, que gusta de los rincones del bosque para profanarlos con la afrenta más atroz: dejar abandonados en ellos los papeles grasientos en que envolvió la tortilla a la española y las latas de sardinas en aceite de su merienda.
- Desde que cayó la Monarquía, Cintra ha perdido animación -nos dice un guía, y añade-: Ahora estamos construyendo un Casino.
Seguramente un Casino puede tener tanta eficacia como dos o tres príncipes para la atracción de forasteros. Pero a la dominadora y altiva belleza de Cintra no es un Casino lo que le conviene. Los que sepan penetrar agudamente en el misterio de sus encantos no gustarán de encontrar aquí una casa moderna, con un sabio barman detrás de un alto mostrador, y jóvenes flexibles meciéndose en el tango o el shimmy, y acaso una larga mesa de treinta o cuarenta rodeada de caballeros correctísimos, dueños de un lápiz y de un cartón. A Cintra le conviene más alquilar un Rey (hoy están baratísimos) qeu anime con su presencia las estancias desiertas del palacio da Pena, o un fantasma (mejor quizá un fantasma) que añadiese su seducción anacrónica a la seducción de los hondos y viejos caminos zigzagueantes, y en el que pudiéramos pensar mientras, desde la ventana del hotel, estremcido aún el aire por las lentas campanadas del reloj de la torre antigua, veíamos cómo una lucecita iba y venía por la negra montaña llena del rumor de los manantiales y de los bosques.”
























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