EL TORO, EL TORERO Y EL GATO
Capítulo VIII: 2ª parte

“Evocación de un brindis”
Primera parte: CAP�TULO OCTAVO El toro, el torero y el gato 1ª p.doc
“Pero cuando esto sucedió, podía decirse que mis conocimientos de las costumbres taurinas habían adelantado mucho.
Porque, años antes, sufrí en una ocasión análoga la más inquietante desorientación. Quiero contarla porque en este libro, sincero como una confesión, no debo ocultar mis errores.
Fue durante unas vacaciones veraniegas y en la plaza de una capital provinciana.
Cuando, terminado el paseo de las cuadrillas, Sánchez Mejías me vio en una barrera, su cara expresó el mismo asombro que si me hubiese reconocido en uno de los monosabios. “¿A qué vendrá usted aquí?”, parecía decir aquel gesto. Pero antes de que yo pudiese contestarle, me arrojó su capote.
Todo el mundo sabía ya que manejo teorías heterodoxas acerca de la “fiesta nacional”, y que no se puede decir que esté ayuno en tales cuestiones. Sin embargo, éste era un caso que no tenía previsto. En las seis o siete veces que había presenciado por aquel entonces corridas de toros, nadie echara un capote a mis manos, ni estuviera cerca de quien lo hubiese recibido. No será, por tanto, generoso quien me reproche el haber sufrido cierta desorientación. En los primeros momentos pudo vérseme en pie, con el capote nerviosamente asido y la mirada vaga del hombre que recapacita. Pero, de pronto, se hizo la luz en mi espíritu, y palidecí. Yo había leído ya algo de toros y visto grabados, y sabía que cuando un torero le entrega a otro un par de banderillas, este otro saluda y pone el par de banderillas; y cuando le lleva al medio de la plaza y le entrega un estoque y una muleta, el otro va a matar al toro. Una horrible sospecha, casi una certidumbre, me heló de espanto.
“Este hombre –pensé- me acaba de dar eso que llaman la alternativa. ¡Soy muerto!”
El camino por donde mi razón me llevó a esta seguridad fue el siguiente: Sánchez Mejías leía mis artículos; Sánchez Mejías conocía las enmiendas que yo he propuesto para dar mayor amenidad a las corridas; al verme, decidió: “A ver si se atreve a practicar sus innovaciones.” Y me dio su capa. Si yo no hubiese aceptado esta capa, todo marcharía bien; pero al cogerla, ¿no recogí también la alternativa?
Sinceramente angustiado, miré alrededor. Los espectadores estaban indiferentes o sonreían con levedad. Dije a mis amigos:
- En fin… parece que no hay remedio.
Callaron.
- ¿Creéis que debo bajar por aquí? –pregunté, mirando el callejón como si fuese un abismo.
Silencio. Volví a suspirar.
- No creo dejar detrás de mí ningún odio –observé-; pero me gustaría despedirme de algunas personas que no están en esta ciudad.
Entonces parecieron comprender, y a su vez me explicaron que se trataba de una amable galantería. Debatimos brevemente este tema: ¿Estaba yo en el deber de arrojarle mi americana, en cortés reciprocidad? Acordamos que no, con el voto de mis amigos en contra.
Pero no fueron éstos los instantes de mayor emoción. Cuando los señores que ocupaban el palco presidencial decretaron que el toro merecía la muerte, vi a Sánchez Mejías acercarse, detenerse frente a mí, elevar un poco las manos en que sostenía la muleta y la espada, y decirme, sonriente:
- Aunque usted no es aficionado a los toros, quiero brindarle…
Me sentí azoradamente destacado; alguien me entregó una montera; la tuve en una mano; después, en la otra; luego, intenté guardarla. Y al volver a sentarme, comprendí claramente que en lo que iba a ocurrir yo no era un simple espectador, sino, en cierta manera, un actor responsable. Los revisteros contaron al día siguiente que Mejías había dado dos pases en el estribo, tres de rodillas, un pinchazo y media estocada. Todo esto ocurrió por culpa mía. Yo hubiera querido decir: “¡Basta ya!”, como un invitado al que se ofrecen demasiadas cosas; pero no me atreví. Verdaderamente, con un par de pases y el pinchazo hubiese bastado para mi gratitud.
Aquel día, al salir de la plaza, advertí la caricia de la popularidad: cuatro o cinco chiquillos me siguieron, mirándome atentamente. Una muchacha le dijo a otra, señalándome con el dedo:
- Fue a ése.
Y algunas personas serias me felicitaron por la muerte del toro, como si el toro fuese mi mayor enemigo. Yo contestaba al principio con el aire de falsa pena con que aceptan los pésames los herederos de un rico:
- No hubo más remedio. De algo había de morir el pobre.
Pero como las enhorabuenas menudeasen, llegué a creer que había escapado de un peligro serio. Y respondía alegremente:
- Sí, sí, gracias. Si no es por aquella estocada que le dimos… O él o yo. Era un dilema trágico.
Por la noche, en la alcoba, al apagar la luz, vi dibujarse en las sombras la silueta espectral del toro muerto. Pendían los rehiletes sobre sus costados sangrientos, y le salía la lengua de la boca, rígida y gris como un lingote de plomo. Creí que se trataba de una alucinación de mis nervios. Pero a la mañana siguiente, el espectro presenció mi toilette y salió a la calle tras de mí, con sus banderillas, su lengua fuera, su media estocada, su pinchazo “bien señalado” y una mirada de reproche en los húmedos ojos.
Comprendí… Me habían brindado su muerte… Su muerte era, en cierto modo, obra mía… Temí durante algún tiempo que, para castigo de mi conciencia, me seguiría siempre aquel fantasma pabonero sucio, corniveleto y codicioso, manejable y duro de testuz, que todo esto dijeron los revisteros que fue el infeliz en la breve vida que le arrancaron valientemente en mi obsequio.”
(Fin del capítulo octavo)
W. Fernández Flórez