Recordamos crónicas de actualidad.
TIRE USTED LO QUE SOBRE, por Wenceslao Fernández Flórez

“- Y no se puede negar -aseguró el docto economista que me hablaba- que en esta lucha contra la crisis surgen a veces ideas magníficas.
- Sí -murmuré distraídamente.
- Ideas geniales.
- ¡Ah!
- Pero la gente está sumida en cierto estupor y no se entera. Usted sabe que siempre que los extranjeros descubren algo, recordamos que entre nosotros hubo hace tiempo alguien que intentó lo mismo. Aparece el avión, por ejemplo, y le dicen a usted en un pueblecillo de Cáceres: “En la época de nuestros bisabuelos, ya el tío Roque se tiró desde la torre de la iglesia con un aparato de mimbres que había inventado para volar y se hizo moléculas.” Entonces varios periódicos proponen que se erija una estatua a aquel desdichado precursor. Pues lo mismo ocurrirá con algunos políticos de ahora. No les hacemos caso porque son nuestros, pero tienen de vez en cuando ideas asombrosas.
- Algo hay de eso -concedí.
- Hallazgos capaces de trastornar todo un sistema.
- ¿Nada menos?
- Nada menos. Claro que no siempre saben darles el desarrollo necesario, ni conducir el principio hasta sus últimas consecuencias. Acaso porque tropiezan con el escepticismo, el desdén, la falta de colaboración… En estos días he leído un decreto que me produjo una impresión de…; no sé decirlo exactamente. Fue un vértigo mental. Fue como si hubiese logrado asomarme al infinito. Se trata de una disposición del señor Álvarez Mendizábal, ministro de Agricultura e Industria, para remediar la crisis vitivinícola. ¿Conoce usted su idea?
- Vagamente.
- Es formidable. Ha querido buscar para ella una denominación que la encasillase científicamente, y no ha acertado. Desde luego, está inspirada en un complejo de anticolillismo. Es su más próxima localización en el subconsciente. Figúrese usted que ha ordenado desde la Gaceta que todo el vino que sobre de las mesas de los restaurantes sea arrojado a un recipiente con sosa cáustica. Y nadie lo puede aprovechar. ¿Qué le parece?
Fruncí los labios:
- ¡Pch! No me gusta.
- Quisiera saber qué se le ocurre a usted, en cambio.
- ¡Qué se yo! Por ejemplo, restablecer las saturnales, que podían llamarse “mendizábales”; exigir que todos los empleados públicos fuesen a medios pelos a las oficinas; multar a quien no hubiese ingerido diariamente un cuartillo de vino, cuando menos.
- No…, porque ¿cómo se comprobaba?
- Se crearía un cuertpo especial de agentes vitivinícolas con derecho a entrar en las casas para pedir al ciudadano: “¡Écheme usted el aliento!”
- Sí…, bueno…, no está mal. Pero, en todo caso, sería un recurso de trascendencia muy restringida, mientras que en el decreto anticolillista o contrarresidual existe el germen de una amplísima teoría. Lo dilata usted, y todo queda súbitamente resuelto.
- Claro. Se baja usted de un 3, en la glorieta de Quevedo, después de haber pagado sus diez céntimos, y el conductor, con la manivela bajo el brazo, corre tras de usted gritando: “¡Eh, caballero, llévese el tranvía o inutilícelo, que ya no debe servir para otro!”…
- Ésa es una exageración estúpida. Redúzcase usted al panorama de un restaurante sometido a ese régimen en total desarrollo. Ya ha tirado usted el vino. Pero le queda medio bistec. Hay muchos motivos para pensar que con esa carne harían croquetas. Bueno, pues se ordena que cada restaurante posea cinco, diez, quince, cuarenta gatos y lo arroja al grupo. Aullidos, arañazos, diversión. Los ganaderos ven prosperar sus intereses. Pero ya está en la mesa el cestillo de la fruta. Y sobran dos naranjas. Mira usted alrededor: cuatro metros más allá como un caballero gordo. ¡Zas!, una naranja contra su nariz. El caballero hace un extraño y le cae la sopa en el chaleco. Agarra la sopera y la lanza en dirección a usted, pero le abre la cabeza al camarero.
Viene el amo, levanta en sus brazos al servidor y lo echa en un cesto grande que habrá para los camareros usados. En seguida escribe la cuenta. Tira la pluma por la ventana. Al pagar, le decís: “Lo que sobra, para usted.” Él contesta: “Lo que sobra, para el recipiente.” Echa las monedas en un hornillo. Las funde. Os levanta de vuestra silla por el cuello de la chaqueta: “Comida hecha, compañía deshecha: a la cochina calle.” Os da un empujón. Salís. En el portal pensáis, mientras encendéis el puro: “Una vez que he almorzado, este restaurante ya no me sirve para nada y hay que inutilizarlo.” Le plantáis fuego. Os marcháis silbando. Ya está. En este desarrollo del sistema han resultado favorecidos: los cosecheros, los ganaderos, los gatos, los fruteros, los fabricantes de vajilla, los de plumas estilográficas, los arquitectos, los albañiles, los “parados”, que pueden obtar a la plaza de camarero inservible, y… no sé cuántas personas más. Repito esto en cada restaurante… y no hay crisis posible. ¿Qué tal?
El asombro me impedía encontrar palabras.
El docto economista murmuró:
- ¡Es grande, es muy grande este hombre!”
12 de febrero de 1936