Antes del inicio de la Guerra Civil, Fernández Flórez escribió un prólogo para los 12 cuentos, un retrato y una explicación de la, por aquel entonces, joven Lula escritora LULA DE LARA (1936). Veámoslo:
“Hubo un tiempo en que se escribían unos prólogos formidables. Estaban a cargo de hombres de reputación reconocida y remachada, que, a su vez, habían escrito muchos libros o, también, pronunciado preciosos discursos. Estos caballeros aspiraban generalmente, al componer el prólogo, a hacerse admirar a sí mismos y, a veces, a publicar gratuitamente un copioso ensayo sobre cualquier materia de muy remota relación con el libro. Prólogo había que abultaba más que la novela, o los cuentos, o las poesías prologadas. El autor del libro pasaba por dos estados de ánimo al recibir el montón de cuartillas: primero, palpitaba de gozo sospechando que en aquel rimero de páginas no se hacía más que hablar de sus méritos; después, se arrepentía de haberse rebajado a pedir tal favor a un sujeto incapaz de comprenderle y que, en fin de cuentas, era “un pesado”. Calculaba lo que aquellos millares de palabras harían aumentar la cuenta de la imprenta y rugía:
- ¡Qué abusón…! Este tipo quiere lucirse a mi costa.
Y mandaba imprimir el prólogo en letra menuda.
Pero cuando la obra era excelente, tenía éxito –lo que suele ocurrir con todas las obras excelentes, lleven prólogo o no-, y entonces se achacaba gran parte de él al prologuista. “A este gran escritor –se decía- lo descubrió el insigne Fulano.”
El “gran escritor” pasaba un poco a la categoría de filón mineral o de insecto de los trópicos, y era siempre el hombre al que otro había revelado, después de examinarle con una lupa. El prologuista alcanzaba, asimismo, la importancia de un cañón cuando la frase era “que había lanzado a Menganito”.
Aquello pasó, afortunadamente, para la amenidad de la vida y para los lectores présbitas. Los prólogos –al fin, una moda- se llevan aún, pero evolucionaron en el mismo sentido que los sombreros de las señoras: antes, enormes, llenos de cintas y de flores y de pájaros; ahora pequeños hasta la ridiculez, sencillos y, en ocasiones, hasta plegables, que van sobre las cabezas como capacetes de “clown”, con un equilibrio en aparente amenaza, como si los hubiesen pegado allí con saliva. Sombreros tan exiguos y sin bulto, que más parece que se llevan por el qué dirán, y que muchas veces pasan de los cabellos a las manos sin que se les eche de menos.
Ahora prologar un libro viene a ser como acompañar hasta el piano a una cantante. Siempre hay un señor solemne y un poco calvo que arquea el brazo con una especial importancia para llevar hasta el piano a la señorita que va a cantar. Viene otra señorita con un libro de cuentos. “¿Quiere usted llevarme hasta el público?” Yo arqueo el brazo: “¡Con mucho gusto!” Y echamos a andar. A las tres páginas, hago una reverencia y la dejo sola. Ya está ante el público. De nada puede valerle cuanto yo haya podido escribir de bueno o de malo a propósito de su producción. Cada lector va a ser testigo y juzgador del fenómeno, y a ninguno de ellos puede prestarse el paladar con que se saborea la belleza.
Pero me parece que es mi deber un substancial extremo. Hay gente que se admira de que pueda producirse y aparecer ahora un libro de imaginación; en los periódicos se han cantado fúnebres responsos a la literatura; la propia autora,, al exponerme su decisión de publicar este libro, adoptó el tono de quien se disculpa de una inoportunidad. Pues bien, es preciso salir al encuentro de ese prejuicio equivocado. Pocas épocas hubo en España tan propicias para la labor del literato.
La literatura no nace de la felicidad ni de la vida cómoda y complacida. A nadie que esté perfectamente satisfecho se le ocurre escribir una novela. He dicho alguna vez que sólo escriben novelas los descontentos y los débiles. En suma, los descontentos, porque un débil también lo es. Los felices y los fuertes, viven; no inventan vidas. Se afirma asimismo que el palenque para un escritor de hoy es el periódico, y el periódico la lectura que el público prefiere. Pero hace muchos años que tampoco se puede escribir en los diarios españoles. Y en cuanto a esos libros que divagan más o menos filosóficamente en torno a problemas humanos proponen fórmulas de mayor o menor vaguedad para resolverlos, esos libros cuya cifra de venta hace decir a algunos críticos que el público se aparta de la fantasía y propende a cultivar su entendimiento –cuando la verdad es que se sumergen en tales lecturas empujados por la desesperada ansia de creer en algo, de buscar algo que les oriente, en medio de tanta confusión, como se lee “La Medicina al alcance de todos” cuando surge en la casa una repentina enfermedad y no aparecen los médicos-, en cuanto a esos libros, digo, comienzan ya a caer de las manos con desaliento, porque no era un afán de cultura sino la esperanza de un remedio lo que les procuraba clientes.
En el desamparo actual, nada mejor que cerrar todas las persianas del alma, encender dentro la linterna mágica de la imaginación, y deleitarnos con sus figuras. Encerrarse es una manera de evadirse. Cuando la Fantasía crea personas y elabora aventuras, ¿se sabe lo que está ocurriendo un poco más allá de nosotros? Muchos libros han sido escritos para escapar del hambre, o de un dolor que obsesionaba, o, también, para olvidar los muros de una celda y hacerse la ilusión de la libertad. Por desventura, este es un buen momento para escribir libros en España.
¿Y para publicarlos? ¡Bah! Eso es accesorio. Siempre habrá quien quiera huir, también, aunque sea sobre el “fuselaje” de la fantasía ajena.
Una bondad se hará enseguida evidente al que lea estos cuentos: la ternura. La señorita Lara viste con un correcto castellano asuntos que casi siempre tienen una fuerte originalidad, un enfoque nuevo. Pero esta virtud, propia del talento, está superada por otra virtud, propia del corazón: esa ternura que aun los críticos más severos han de reconocer esparcido en estos trabajos. Y no se puede decir que sea condición frecuente en nuestra literatura, en la que parece que hay como el rubor de ese sentimiento que, como ya dijo Benavente, “vale más que el amor”. Ni siquiera abunda en la producción de nuestras escritoras, acaso porque hasta hoy, aun en las más personales, un mimetismo lamentable las induce a saturarse de virilismo literario, mejor que a buscar en su intimidad cordial lo que hay de diferente a nosotros. Las mujeres se empeñan, por regla general, en escribir aquello que pueden escribir los hombres, sin pensar en que su ventaja estaría en la novedad de escribir lo que los hombres no pueden saber ni sentir como ellas. La señorita Lara hace un plausible e interesante esfuerzo por acercarse a este ideal. Y ese es el mejor camino que puede seguir una escritora.”
W. FERNÁNDEZ FLÓREZ
Librería Española y Extranjera
Príncipe, 16 BELTRÁN Madrid
Ilustraciones de Santiago Ontañón