Presentamos hoy aquí el prólogo que Wenceslao Fernández Flórez escribió para la novela Amores orientales (1928), de Jesús Rubio Coloma.
Rubio Coloma nació en Palencia y se licenció en Derecho en la Universidad de Valladolid, donde comenzó a desenvolver su carrera profesional en la Audiencia Territorial. Como director de El Día abrió bufete propio en 1894 y se dedició por completo a la abogacía. Poco después se trasladó a Madrid y allí desempeñó varios cargos políticos, entre ellos el de Inspector General de Pósitos. Fue colaborador de ABC, El Parlamentario, El Debate y dirigió la revista Acción Social. Al mismo tiempo, fue autor de diversas novelas como El Alma de la Tierra de Campos (1926), A la cárcel (1927), Amores africanos. Policromías occidentales (1927) y de la que aquí ponemos el prólogo, Amores orientales (1928). También publicó el ensayo El problema social de la tierra, en 1929.
Prólogo de WFF para la novela Amores orientales, de Jesús Rubio Coloma
Novelistas Españoles. Imprenta artística Sáez Hermanos, Madrid, 1928.
Ilustración de la capa de Máximo Ramos.
“No hablaré de la obra, sino del hombre. Esos prólogos en que un señor más o menos autorizado critica –siempre con bondad- la labor que en las siguientes páginas ofrece al público otro señor me producen el mismo efecto que la literatura de los específicos. Los prospectos que el boticario nos entrega dentro de la misma caja que contiene los comprimidos X o el licor H, son también prólogos, como ellos optimistas, excusables y… a veces embusteros. Por otra parte, la obra vais a conocerla, y puede ocurrir que no sepáis quién ni cómo es el hombre en toda vuestra vid. Corro a llenar este vacío.
La primera declaración interesante que tengo que hacer a propósito de Jesús R. Coloma es la de que… no lo conozco, lo cual constituye una ventaja para los que leen estas líneas, porque cuando se conoce bien a un hombre, apenas se puede decir de él nada extraordinario; mientras que no conociéndole y puestos en el trance de biografiarlo, suelen inventarse características de mayor interés. Pero –entendámonos- no es que yo haya visto nunca a Coloma –uno de los primeros amigos que tuve en Madrid-; su aspecto físico me lo sé de memoria: estatura cumplida, ademanes corteses, sonrisa palatina, tendencia afectuosa hacia los sombreros hongos y extraordinaria facilidad para declarar que no oye bien de un oído –a veces el derecho, a veces el izquierdo- cuando se le dirige una pregunta que no quiere contestar ligeramente.
Lo que yo ignoro es lo que se propone Coloma en la vida, ni adónde quiere llegar por el misterioso camino que lleva. Presumo de ser un singular observador, pero con Coloma no puedo. Coloma me ha desorientado.
Cuando nos presentaron, era sencillamente un publicista. Pasó un mes, y surgió como administrador de un periódico. Allí comencé a admirarlo. Los redactores le culpaban de acaparar bajo su mesa el único brasero de cisco que había en la casa y de haber comprado un diván –el clásico diván de toda redacción-, que si tenía alguna blandura se debía a los millones de chinches que se agrupaban bajo su gutapercha. Jamás pueblo alguno defendió su hogar con el arrojo y la vigilancia de aquellos insectos. Ni los numantinos, ni los espartanos. Se sentaba uno en aquel extraño mueble y salían en columnas cerradas y también en muchedumbres dispersas, con gestos alocados, sedientos de la sangre del invasor. “¿Por qué habrá procedido así Coloma?”, me preguntaba yo. Pero cuando vi que los reporteros, ateridos, suplicaban gimiendo que se les encargase alguna información que les permitiese hacer ejercicio, y cuando supe que en las guardias nocturnas los telegramas eran despachados sin demora porque nadie osaba tenderse a dormir en el diván, comprendí y admiré.
Transcurrió un año. Volvía a encontrar a Coloma. Dirigía un Banco. Los Bancos siempre me han producido estupor, pero aquel que dirigía Coloma es el más magnífico de todos cuantos tuve noticia. Yo no me acuerdo bien del asunto, pero el caso venía a ser algo como esto: llegaba usted hoy y daba un duro; volvía al otro mes, y otro duro; así durante muchos años; y al alcanzar la vejez le pagaban a usted… no sé cuánto; me olvidé hasta el punto de no recordar si le daban a uno dos mil duros o un gabán de pieles; no sé…, pero, en fin, algo fastuoso. ¡Con decir que me convenció el negocio!… Estuve llevando mi durito cinco o seis meses, hasta que una vez –ya se había marchado Coloma- el cajero mordió mi moneda, aseguró de mal humor que era de plomo- lo que yo sabía mejor que él, porque a estos asuntos del ahorro sólo destino monedas falsas- y se retiró diciendo con angustia conmovedora que a ver con qué iba él a pagar su café aquel día.
Pasó más tiempo. Coloma y yo nos tropezamos no sé dónde. Era el propietario e inspirador de una revista de agricultura.
- ¿Te has hecho agricultor?
- ¡Pero si siempre lo he sido!
- Yo creía que eras más bien un financiero.
- ¿Financiero? Toda mi vida. ¿Qué tiene que ver…?
- Naturalmente –asentí con premura.
Y era que no quería hablar demasiado de estas cosas. Coloma tiene un formidable poder suasorio. Sólo él pudo llevarme a mí a buscar en un Banco la tranquilidad de mi vejez. Si después se le ocurre persuadirme de que mi porvenir estaba en las faenas del campo, quizá consiguiese que escardase y sembrase yo, yo que jamás intervine en las faenas agrícolas más que aquella vez en que, alarmado por la tersura y el color rojo, rojo, de unos tomates, corrí desalado a ver al dueño de la huerta para decirle que debían estar congestionados por el sol y que iban a reventar de un momento a otro si no se apresuraba a sangrarlos.
Desde hace un lustro, Coloma acentuó su actividad de novelista. Un hombre de talento –como él- que ha vivido en curiosos y diversos ambientes, tiene siempre muchas garantías para referir historias interesantes. No me extrañan sus éxitos. Sin embargo, ¿cómo este querido amigo, todo acción, siempre complicado en empresas importantes, concede tan considerable parte de su actividad a la vida imaginativa y a una ocupación económicamente tan despreciable como la de escribir novelas? Pues… velay: porque Coloma, sobre procurarse el placer estético de escribir, gana con sus libros sumas ingentes. ¿Vendiéndolos? En España se venden mal los libros. Lo que hace Coloma es acaparar los premios, lo mismo que ha unos años acaparaba el brasero del cisco. En cuanto hay anunciado un premio de cinco mil pesetas para arriba, pasa delante de él una novela de Coloma, le hace un guiño, y el premio se le cuelga del brazo. Premios españoles, premios americanos, premios mixtos… Ningún escritor existe que tenga tantos premios como Coloma. Pero nada de esas bromas pesadas de la flor natural, del objeto de arte…, no, no: sacos de pesetas, amigos míos. Que el Señor se las multiplique.
No he consignado aún el rasgo más importante de la biografía de Jesús R. Coloma.
Jesús R. Coloma ha sido Inspector general de Pósitos.
Siento mucho no poder explicar a mis lectores qué diablos es esto. Varias veces se lo he preguntado al propio Coloma, y de sus referencias he deducido este dilema: o que é tampoco lo sabe o que yo soy incapaz de comprenderlo. Pero basta decir: “Inspector general de Pósitos” para darse cuenta de que debe ser una cosa muy seria y muy importante. ¿Qué son los Pósitos? ¿En qué sentido hay que inspeccionarlos generalmente? Misterio. ¿Para qué se utilizan? Lo ignoro. ¿Son, siquiera, venenosos o inofensivos? Nada me es posible asegurar. Quizá haya pasado muchas veces al lado de un Pósito sin concederle atención, y quizá si llegase a ver alguno se volviesen blancos mis cabellos. No tengo formada idea alguna a este propósito. Creo, sin embargo, que los Pósitos deben de tener un extraño ambiente, y envidio a Coloma, que vivió entre ellos, como puedo envidiar a un explorador del Congo.
- Querido Coloma –le he dicho muchas veces-, debías escribir la novela de los Pósitos. ¡Qué originalidad de asunto, jamás tratado por nadie! Tú que lo conoces, tú que los has vivido… He ahí la inmortalidad, las ediciones sucesivas, el premio Nóbel…
Mas Coloma se ríe amablemente. La diversidad de sus conocimientos le hace mirar un poco como a un niño a quien como yo está enquistado en una sola y deficiente actividad. Pero pienso que esa risa acaso oculte los terribles recuerdos de sus relaciones con los Pósitos. Sin duda no quiere evocarlos… Tal vez son algo monstruosamente terrible.
***
Lector: si de estas líneas no has sacado la menor idea acerca de las verdaderas aficiones y preferencias de Jesús R. Coloma, si sigues desconociendo el norte de sus esfuerzos, la tendencia exacta de su poderosa inteligencia, habré conseguido comunicarte mi propia perplejidad. Sólo sé que el talento de Coloma tiene la forma de la rosa de los vientos. Nada más, lector: lee y admira este aspecto en que ahora se te muestra.”
W. FERNÁNDEZ FLÓREZ