El domingo pasado, a eso de las seis de la tarde, tal y como estaba previsto, el detective Sherlock Holmes visitó Villa Florentina acompañado de su inseparable amigo el Doctor Watson. Con ellos, una amplia gama de personajes de lo máis variopinto, entre ellos, famoso y malvado profesor Moriarty. En la nebulosa de nuestra memoria se asoman históricos criminales tan terribles como Jack el Destripador o el literario Doctor Jeckyll y Mr. Hyde, personaje creado por Robert L. Stevenson.

Sherlock Holmes y el Dr. Watson llevados al cine por Basil Rathbone y Nigel Bruce.
Sherlock Holmes representa, entre los grandes personajes literarios, la eficacia de la mente analítica, observadora, capaz de sacar provechosas deducciones a través de detalles que para los demás pasan desapercibidos. He aquí un caso singular, en el que el personaje sobrepasa a su autor y toma vida propia. Sherlock Holmes y su violín, su pipa, su lupa, su gorra de doble visera… y Londres: la gran ciudad donde tienen lugar la mayor parte de los extraños casos que ha de resolver.
- Querido amigo -dijo Sherlock Holmes mientras nos sentábamos a uno y otro lado de la chimenea en sus aposentos de Baker Street-. La vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que pueda inventar la mente humana. No nos atreveríamos a imaginar ciertas cosas que en realidad son de lo más corriente. Si pudiéramos salir volando por esa ventana, cogidos de la mano, sobrevolar esta gran ciudad, levantar con cuidado los tejados y espiar todas las cosas raras que pasan, las extrañas coincidencias, las intrigas y engaños, los prodigiosos encadenamientos de circunstancias que se extienden de generación en generación y acaban conduciendo a los resultados más extravagantes, nos parecería que las historias de ficción, con sus convencionalismos y sus conclusiones sabidas de antemano, son algo trasnochado e insípido. (Un caso de identidad, fragmento).

Sir Arhtur Conan Doyle pertenece a la galería de autores victorianos que, junto con Robert L. Stevenson, Rudyark Kipling o H. G. Wells, cautivaron a los lectores londinenses de su época. Conan Doyle nació en Edimburgo en 1859 y el pasado año se conmemoró el 150 Aniversario de su nacimiento. Estudió medicina y en 1880 viajó, a bordo del Hope, como médico, al Ártico. Más tarde iría en el Mayumba a África, para acabar compartiendo clínica en Plymouth con el Dr. George Budd e instalarse por su cuenta poco después, sin mucho éxito. Así fue, con el desencanto de la medicina, como comenzó su carrera literaria y en 1886 aparecería la primera de las aventuras del detective: Estudio en escarlata. Aquí comienzan las andanzas de uno de los más famosos detectives de la historia literaria que acabó por adueñarse de su autor hasta tal punto que, cuando éste, harto de la persecución, decidio matarlo, provocó una auténtica revolución. Fatal decisión, pues, porque su autor llegó a recibir cartas amenazantes por parte de algunos lectores. Tal fue la reacción del público. Sin embargo, tardaría aún unos ocho años en volver a aparecer Holmes. Lo haría con El sabueso de los Baskerville en forma de recuerdo y, más tarde, en La casa vacía, primera narración de la serie El regreso de Sherlock Holmes, donde Conan Doyle lo resucitaría definitivamente.
Conan Doyle murió el 7 de Julio de 1930, pero su alter ego permanece vivo en la memoria de sus modernos lectores.
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Sherlock Holmes con Watson realizando unas pruebas en su laboratorio.
Ilustración de Sidney Paget.
Para finalizar este artículo, he aquí la descripción del detective desde la perspectiva del entrañable Dr. Watson, compañero de piso de Sherlock Holmes en el 221B de Baker Street:
No resultaba ciertamente Holmes hombre de difícil convivencia. Sus maneras eran suaves y sus hábitos regulares. Pocas veces le sorprendían las diez de la noche fuera de la cama, e indefectiblemente, al levantarme yo por la mañana, había tomado ya el desayuno y enfilado la calle. Algunos de sus días transcurrían íntegros en el laboratorio de química o en la sala de disección, destinando otros, ocasionalmente, a largos paseos que parecían llevarle hasta los barrios más bajos de la ciudad. Cuando se apoderaba de él la fiebre del trabajo era capaz de desplegar una energía sin parangón; pero a trechos y con puntualidad fatal, caía en un extraño estado de abulia, y entonces, y durante días, permanecía extendido sobre el sofá de la sala de estar, sin mover apenas un músculo o pronunciar palabra de la mañana a la noche. En tales ocasiones no dejaba de percibir en sus ojos cierta expresión perdida y como ausente que, a no ser por la templanza y limpieza de su vida toda, me habría atrevido a imputar al efecto de algún narcótico. Conforme pasaban las semanas, mi interés por él y la curiosidad que su proyecto de vida suscitaba en mí, fueron haciéndose cada vez más patentes y profundos. Su misma apariencia y aspecto externos eran a propósito para llamar la atención del más casual observador. En altura andaba antes por encima que por debajo de los seis pies, aunque la delgadez extrema exageraba considerablemente esa estatura. Los ojos eran agudos y penetrantes, salvo en los períodos de sopor a que he aludido, y su fina nariz de ave rapaz le daba no sé qué aire de viveza y determinación. La barbilla también, prominente y maciza, delataba en su dueño a un hombre de firmes resoluciones. Las manos aparecían siempre manchadas de tinta y distintos productos químicos, siendo, sin embargo, de una exquisita delicadeza, como innumerables veces eché de ver por el modo en que manejaba Holmes sus frágiles instrumentos de física. (Estudio en escarlata, 1886).
Nuestra próxima obra de lectura será La feria de los discretos, de Pío Baroja.