Ha entrado un ladrón
Estimados amigos, les presentamos hoy las primeras líneas de la novela Ha entrado un ladrón, de WFF, de la que serán leídos algunos fragmentos en nuestra “multilectura” del próximo sábado.
Fernández Flórez no escribió propiamente teatro, pero tampoco vivió ajeno a él, como muestran, por ejemplo, sus comentarios en El país de papel. Peru su predilección se decantó, prioritariamente, por el cine. En esta obra el protagonista gallego, Jacinto Remesal, trabaja en un teatro, dedicado a asuntos varios. En Madrid se siente totalmente fuera de lugar. Un buen día, al regresar a su casa después del trabajo, se ve reclamado, al subir las escaleras, por las vecinas del piso principal, que creen tener un ladrón en su casa. Las consecuencias de su carácter más bien apocado le conducirán, a partir de ese momento, por difíciles caminos poblados de falsas ilusiones…
“Brillaban tan solo algunas luces medio ocultas entre las bambalinas. El enorme hueco del teatro estaba ensombrecido; las butacas, cubiertas por tiras de lienzo de un claro color marrón. Los dorados relieves de los palcos lucián mortecinamente. Más arriba, las tinieblas esperaban agazapadas el momento de invadirlo todo. Sin telones, sin disimulos, el escenario mostraba su fealdad: los desconchados de la sucia pared del fondo; los remiendos de trampas y escotillones, la aparente confusión del telar, cuerdas, vigas… Reposaban contra el muro bastidores encuadrados en blanca madera de pino; un reflector se desmayaba encima de ellos, con una de sus tres patas en el aire. Sobre la despintada mesa colocada próxima a la boca del escenario ardiá aún la vela ante la que el apuntador había atendido al ensayo. Unas sillas de paja, desflecadas, y un banco rústico, indicaban aún que se había formado un corro en un ángulo, cerca de las puertas de los camarines, pintadas de ocre, en cada una de las cuales resaltaba un número en negro y un blanco tarjetón de papel donde constaba el nombre de la actriz o del actor que solía ocuparlo.
Dos señoras gordas, con sendos hatillos apretados contra el vientre, aguardaban cerca de una salida. Un grupo de cómicos comentaba en voz alta incidentes del ensayo. Junto a las apagadas baterías en el borde del escenario, la ingenua -una señorita blonda y menuda- hablaba a gritos con alguien oculto en las sombras de las plateas:
- ¡Padilla!
Del fondo oscuro llegaba la respuesta:
- ¡Presente Padilla!
La ingenua hacía pabellón con su mano sobre los lindos ojos.
- Padilla, no le veo. ¿Dónde está?
- En la fila dieciocho, admirándola a usted panorámicamente, señorita Medal.”
