O texto que a continuación reproducimos foi un dos lidos na tarde de lecer do pasado sábado día 7 en Villa Florentina. O tema, futbolístico, patriótico… en fin, moi destes días…
O lugar escollido nesta ocasión para a lectura foi un acolledor recuncho ubicado detrás da lareira, ao pé da terraza, e á sombra dos carballos.

“La patada antidiplomática”
“Me parece necesario que en apoyo de las opiniones expuestas por varios escritores portugueses acerca del peligro de las competiciones deportivas, movamos también los españoles nuestras plumas. Es estúpido permanecer con los brazos cruzados ante un mal que tiene tan fácil cura y del que estamos convencidos de que ha de perseverar y aun agrandarse si no se corta de un tajo limpio y resuelto. Hay que redimir decididamente esos encuentros.

La pasión por los deportes -que se exalta, como señaló Spengler, en todas las épocas de decadencia- ha pasado ya las fronteras patológicas de las manías. Cuando su hervor disminuya, la gente verá todo lo que hay de ridículo en las exageraciones de hoy y se reirá de ellas a carcajadas. El que ahora observe esos fenómenos nada más que con un simple buen sentido se inclinará también al asombro y a la burla. Que un once inflame sostenidamente el fervor de la muchedumbre, que se consideren vinculados en él impulsos espirituales, que un patadista -como los llama la Codorniz- concite devociones no alcanzadas por ningún hombre útil, son ocurrencias que bordean el delirio. Pero innocuas y más bien cómicas. Cuando presentan gravedad, cuando hay que comenzar a juzgarlas con el ceño un poco fruncido, es al proyectarse sobre la delicadísima pantalla de lo internacional.
Los deportes constituyen espectáculos públicos, tienen una parte de industria, viven de ellos muchos seres, cuentan con revisteros y críticos que escriben o hablan por las emisoras de radio. Naturalmente ninguna de estas personas trata la cuestión con el tono simple, frío y mesurado que le corresponde; ninguna dice a quienes la oyen o leen: “Señores: acaba de producirse un gol, pero esto no tiene mayor trascendencia; no se arranquen los pelos ni se entreguen a piruetas jubilosas; se trata de un uego y debe ser, sencillamente, considerado como un juego.”No lo dicen, entre otras razones, porque ellos mismos perderían importancia al aparecer vinculados a algo tan fútil. Por el contrario, se grita por los altavoces, se tensan con estudiados métodos los nervios del público, se llega a vociferar histéricamente (como lo hizo un locutor portugués al terminar la final de Oporto) que allí, en el Palacio de Deportes, estaba erguido el altar de la patria y que en él se estaba viviendo uno de los momentos más altos de la Historia.
Yo estuve en Lisboa en vísperas de un partido hispanoluso y fui testigo de la extraña efervescencia de los ánimos, y he podido leer después en algún periódico desaforadas alusiones a la batalla de Aljubarrota.
Se pensará que estas demasías nacen en pobres cerebros débiles. Pero cunden mucho más de lo que puede suponerse; porque en cuanto se une eel nombre de la patria a cualquier acción, aunque sea, como esta, tan trivial, no se puede evitar el alistarse más o menos ardientemente en uno de los bandos. Habrá muchísimos ciudadanos a quienes no les importe nada que once jóvenes de cualquier país lleven la pelota cierto número de veces a la portería de otros jóvenes jugadores. Mas si el nombre de su patria está involucrado; si se les dice que esos goles se le hacen a esa patria, y las zancadillas y las cargas se dirigen contra esa patria, la cosa cambia. Si se pregona: “Vamos a repetir la victoria marcial de agosto de 1385″, la actitud ya no puede ser la misma. Esto es idiota, pero explicable.
Sería también idiota, aunque los equipos representasen sistemáticamente la capacidad, la habilidad, el vigor de las naciones, porque el que en una de ellas se jugase invenciblemente al hockey, por ejemplo, nada supondría en favor del puesto que ocupase en la civilización. Pero es que no hay tal condensación representativa; ni del hecho de que una mujer holanesa o finesa lance el martillo más lejos que todos sus competidores en unos juegos olímpicos, puede deducirse que todas las mujeres de Finlandia o de los Países Bajos arrojen los martillos a mayor distancia que el resto de los seres humanos; ni si un equipo de chinos vence a otro de belgas en un cross-country, ha de admitirse que los belgas en general corriesen menos que los chinos en general.
Esto aparte, parece frecuentemente que los equipos no estén constituídos tan sólo por muchachos del país, sino que abundan en ellos jugadores contratados en otros cualesquiera. En estos días se contó en la prensa madrileña que en el once Los Millonarios, de Bogotá, que derrotó al Real Madrid, únicamente figuraba un equipier de nacionalidad colombiana.
Que en el buen entendimiento entre dos pueblos, en su recíproca cordialidad, se deslice esa polilla del risible fanatismo de los aficionados a presenciar deportes -ni siquiera de quienes los practican- es intolerable. Suprímanse tales encuentros; no nos interesa nada comprobar si el Bemfica de más certeras patadas que el Alcoyano. Y aplíquese a quienes desde la Prensa o la radio azuzan pasiones peligrosamente imbéciles el mismo trato que a los agitadores.
Aunque grupos de portugueses se dedicasen todos los jueves y todos los domingos a derrotar a grupos de españoles al hockey sobre hielo, no se alteraría ni en un punto nuestra estimación por la presencia de sus heroicos voluntarios en nuestra Cruzada. Ese sí que fue un buen gol en nuestros propios corazones.
Pero hay sembradores de cizaña que aprovechan las más nimias oportunidades. Un corresponsal afirma que “el partido comunista portugués y otros elementos extranjeros echan leña al fuego cuando pueden, al filo de esas competiciones”, y se mezclan con el público para excitar protestas.
Y no es que se haya descubierto la existencia de goles antimarxistas, sino que la diabólica astucia de esa gente pretende hallar hasta en un marcador de tantos un auxilio para sus propósitos de relajar entre dos pueblos de noble tesón y de visible progreso una amistad que no le conviene.
Añádase al Pacto ibérico una cláusula por la que nos comprometamos recíprocamente a no ir a buscar goles a la casa del vecino.
Y la paz.”
29 de julio de 1952